25 de junio de 2026 · Martín R., Sommelier
5 errores comunes al servir vino (y cómo evitarlos)
Servir bien un vino no tiene nada de esotérico, pero hay un puñado de errores tan comunes que terminan arruinando botellas que en realidad estaban bien elegidas. Ninguno de estos errores tiene que ver con "no saber de vino": son, sobre todo, costumbres instaladas que vale la pena repensar.
El primero, y probablemente el más extendido, es servir el tinto "a temperatura ambiente" tal cual sale de la alacena. La expresión viene de una época y un lugar —bodegas y comedores europeos, más fríos— donde la temperatura ambiente rondaba los 16-18 grados. En una casa argentina en pleno verano, con 26 o 28 grados adentro, ese mismo criterio termina sirviendo un vino demasiado caliente, donde el alcohol tapa la fruta y el vino se siente pesado y desequilibrado. La mayoría de los tintos rinden mejor entre 16 y 18 grados, y los más livianos incluso un poco más frescos, cerca de los 14. Un rato en la heladera antes de servir, diez o quince minutos, suele alcanzar.
El segundo error es llenar la copa hasta el borde. Además de que así es más fácil que se derrame, una copa muy llena no deja espacio para hacer girar el vino, y ese movimiento es justamente lo que libera buena parte de los aromas antes de olerlo. Lo ideal es llenar hasta un tercio de la copa: deja lugar de sobra para agitar el vino y concentrar los aromas en la parte superior antes de meter la nariz.
El tercero es un clásico de las fiestas: servir el espumante recién sacado del freezer, helado al punto de casi no sentir nada, o al revés, tibio porque quedó afuera toda la previa. El espumante rinde mejor bien frío, entre 6 y 8 grados, pero "bien frío" no es lo mismo que "congelado": si está demasiado helado, el frío anestesia el paladar y se pierden los aromas; si está tibio, pierde su gracia principal, que es la frescura de sus burbujas y su acidez.
El cuarto error es descorchar un tinto con cuerpo y servirlo al instante, sin darle un mínimo de aire. Muchos vinos, sobre todo los más jóvenes y tánicos o los Reserva con algún tiempo de guarda, se benefician bastante de un rato de contacto con el oxígeno: los aromas se abren, los taninos se suavizan un poco y el vino en general se muestra más generoso. No hace falta un decantador elegante: alcanza con descorchar la botella quince o veinte minutos antes de servir, o directamente pasarlo a una jarra y volver a la botella. Aclaración importante: esto aplica sobre todo a tintos con cuerpo; un vino joven y fresco, pensado para tomarse rápido, no necesita este paso.
El quinto, y uno de los más subestimados, es dejar una botella abierta sin ningún cuidado hasta el día siguiente. El oxígeno, que en dosis chicas ayuda a abrir un vino, en exceso y con el tiempo lo termina oxidando: pierde fruta, gana notas de manzana pasada o vinagre, y ya no es el mismo vino que abriste. Si te sobra vino, lo mejor es taparlo bien —con el mismo corcho alcanza en la mayoría de los casos— y guardarlo en la heladera, incluso si es tinto: el frío frena bastante la oxidación y solo hace falta sacarlo un rato antes de volver a tomarlo para que recupere temperatura.
Un último detalle que se pasa por alto seguido: usar la misma copa para blanco y tinto sin enjuagarla apenas con agua entre uno y otro deja restos que alteran el aroma del siguiente vino. No hace falta lavar cada copa con detergente entre trago y trago, pero un enjuague rápido con agua marca la diferencia, sobre todo si estás pasando de un tinto con cuerpo a un blanco o un espumante.
Ninguno de estos errores requiere equipamiento especial ni conocimiento de sommelier para evitarlo: son, en el fondo, un poco de atención a la temperatura, al aire y al tiempo. Corregirlos no cambia el vino que compraste, pero sí cambia bastante lo que terminás sintiendo en la copa, que es, al final, lo único que importa.


