23 de agosto de 2026 · Martín R., Sommelier
Malbec vs. Cabernet Franc: guía para elegir según la ocasión
Malbec y Cabernet Franc son, hoy, las dos variedades tintas que mejor cuentan la historia reciente del vino argentino: una ya consolidada como bandera nacional, la otra en pleno ascenso como la gran revelación de la última década. Se cultivan muchas veces en los mismos viñedos, a veces hasta se cosechan la misma semana, y sin embargo dan vinos con personalidades bastante distintas.
El Malbec llegó a Mendoza a mediados del siglo XIX, de la mano del agrónomo francés Michel Aimé Pouget, contratado para modernizar la agricultura de la provincia en un proyecto en el que Domingo Faustino Sarmiento —todavía no presidente, pero ya una de las figuras centrales de la política y la educación argentinas— tuvo un rol clave. En su Francia natal, en la región de Cahors, nunca terminó de brillar del todo por un clima más frío y húmedo; en Mendoza, en cambio, encontró la altura, el sol y la amplitud térmica que necesitaba para dar uvas de piel gruesa, mucho color y taninos maduros. Con el tiempo se convirtió en la variedad más plantada del país y en la que identifica al vino argentino en el mundo.
En la copa, el Malbec argentino típico muestra fruta negra madura —ciruela, mora, cassis—, notas florales de violeta, y con crianza en roble suma capas de chocolate, café o especias dulces. Los taninos suelen ser suaves y redondeados, con una textura carnosa que lo hace bastante amable al paladar incluso siendo un vino de cuerpo medio a alto. Es, en general, una variedad generosa: no exige demasiada paciencia ni conocimiento previo para disfrutarla.
El estilo cambia bastante según de dónde venga: los Malbec de Luján de Cuyo suelen ser más potentes y frutales, con más peso en boca; los del Valle de Uco, gracias a la altura y las noches frescas, muestran un perfil más floral, con acidez más marcada y taninos más finos.
El Cabernet Franc tiene una historia genética bastante más antigua e influyente de lo que mucha gente sabe: es, junto con el Sauvignon Blanc, uno de los dos padres del Cabernet Sauvignon, según confirmó la investigación de ADN de la Universidad de California en los años noventa. En Francia es protagonista de los vinos del Loira (Chinon, Bourgueil) y un componente clásico de los ensamblajes de Burdeos. En Argentina fue durante mucho tiempo una variedad casi de reparto, usada para dar complejidad a los cortes, hasta que en el Valle de Uco encontró condiciones ideales para mostrarse sola, con una calidad que sorprendió a la propia industria.
El perfil del Cabernet Franc es más fresco y herbal que el del Malbec: pimiento verde y notas de hierbas cuando la uva no llega a una madurez plena, fruta roja —frutilla, cereza— cuando sí la alcanza, y una acidez más viva que aporta tensión y frescura. Los taninos suelen ser más firmes y de grano más marcado, lo que le da mayor estructura y potencial de guarda. Es una variedad más exigente de trabajar en el viñedo: si se cosecha antes de tiempo, el carácter herbal puede volverse dominante; si se cosecha en el punto justo, da uno de los vinos más elegantes que se producen hoy en Argentina.
Puesto en criollo: el Malbec tiende a ser más frutal, más redondo y más fácil de disfrutar desde la primera copa; el Cabernet Franc es más fresco, más herbal y con una acidez que lo hace especialmente versátil en la mesa. Si tuvieras que elegir uno para una comida con salsas cremosas o carnes grasas, el Cabernet Franc corta mejor esa untuosidad gracias a su acidez; si el plan es un asado clásico o algo bien especiado, el Malbec acompaña con su cuerpo y su fruta.
Muchas bodegas, de hecho, no eligen entre uno y otro sino que los combinan: un corte de Malbec con un porcentaje de Cabernet Franc suma el cuerpo y la fruta del primero con la frescura y la estructura del segundo, un estilo que se volvió bastante habitual en las líneas altas de varias bodegas del Valle de Uco.
Si nunca probaste un Cabernet Franc argentino y solo tomás Malbec, vale la pena el experimento: son dos variedades que crecen literalmente en los mismos viñedos y que muestran dos caras distintas —y complementarias— de lo que puede dar el terroir mendocino.
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